Nunca he hablado demasiado de mi familia. Tal vez porque la relación nunca ha sido del todo fácil. Entiendo la dificultad de convivir con alguien que es, en muchas ocasiones, incapaz de convivir consigo mismo. Y sin embargo ahí están, alrededor, en todas partes, dependiendo de lo que haga falta paracaídas, sendero, motor, luz.

Tengo una madre modelo, de esas de anuncio que son capaces de andar con todo y que nada les supere, aunque a veces el mundo se haga cuesta arriba. Imparable cuando se propone algo, ha sacrificado mucho por conseguir que la familia salga adelante. Es de las que procura que no te falte nunca nada, enseñando a valerte por ti mismo al tiempo que es la red de seguridad por si todo va mal. Es y hace casa. La boya en la tempestad. El clavo ardiendo al que todos nos agarramos y sin el que no sobreviviríamos.

Luego está mi padre es un tipo curtido en mil batallas. Supongo que es lo que tiene haber nacido en una época de cambios enormes como la que vivió la generación baby boomer en España, creciendo en el tardofranquismo y siendo adolescente cuando empezó la Transición. Alguien a quien el golpe de Estado casi le pilla haciendo el servicio militar y que tuvo que emigrar al otro lado del océano durante un tiempo para trabajar. Una persona que se sobrepuso a un accidente y decidió que valía más la pena quedarse con lo que fue y no con lo que pudo haber sido. Duro, a veces demasiado, pero sin tener ni idea de cómo lo expresa sabes que te quiere.

El día de mi cumpleaños no solo nací yo, sino que comparto fecha con otro integrante de la familia: mi hermano. Y no, no somos gemelos ni mellizos, ni por asomo. De hecho si nos ves al uno al lado del otro seguramente no se te pasará por la cabeza la idea de que seamos hermanos. Con seis años de diferencia apareció este muchacho que en breve se hace mayor de edad. No lo tuvo fácil, la verdad. Si no llega a nacer en el momento en el que nació no hubiese salido adelante. Pero aquí está, peleando por empezar a vivir su propio futuro, haciendo un camino similar al mío pero con pisando distinto. Que tenga éxito.

Y acabaré hablando de la mejor abuela del mundo. Mujer solícita y afable que abandonó su tierra junto a su marido para trabajar durante muchos años, hasta que su única hija se casó y pudo volver a la Soria de sus amores. Cada verano nos ha cuidado a los dos hermanos, y desde hace unos años podemos disfrutarla también en casa, para darnos aún más cuenta de la falta que nos hace a todos tenerla en nuestras vidas. Los ochenta y tres años mejor llevados de la historia. A veces parece que esté un poco loca, pero es que la carcasa encierra a un espíritu joven. Es el cielo hecho abuela.

Este es mi pequeño regalo de Reyes. Agradecer que siempre estuvieron allí. Quizás parezca poco, pero sigue siendo difícil mostrar los sentimientos.

Y es que los quiero mucho.

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