Soy de los que vive cada año como una cuenta atrás. Una cuenta atrás en la que no siempre el tiempo corre igual, pero es inexorable en su avance. Tal vez por eso me dé por reflexionar cómo ha sido mi año cada vez que se acerca a su fin. El año en que tuve el placer de descubrirme.

Si el año pasado fue el año de los extremos, este ha destacado por ser el año en el que me he conocido a mí mismo. Sin estridencias. Desde la más absoluta normalidad. A dialogar constantemente conmigo, entender quién soy más allá de esa frágil coraza con la que siempre me vestía. Para ello ha hecho falta reabrir viejas cicatrices y hurgar en las heridas.

Perder el juego del escondite con el que escapaba de mis sentimientos.

Una de las cosas que descubrí el año pasado es la importancia de saber discriminar entre cosas que me afectan y las que no lo hacen, y algo aún más importante: aquello que me perjudica lo divido entre situaciones sobre las que puedo influir y otras que, por ser externas a mí aunque me afecten, no puedo solucionar. Ya no intento arreglar el mundo de los demás, sino que trato de conservar el mío a flote. Por fin flota bien, empieza a crecer la vida en él y no es arrasado por mis monstruos, por miedo de que todo vaya bien. Era ese autoboicot perpetuo en el que vivía.

Reducir la anarquía a un ideal y que no sea modo de vida.

Lo más importante es que me he quitado miedos. Especialmente a fracasar, porque ya he fracasado en casi todo lo que podía fracasar. Como estudiante no logré acabar la carrera a tiempo, he renunciado al sueño de mi yo pequeño de ser un abogado de renombre, y como entrenador he tenido que reconocer que por mucho que trabaje siempre tengo lagunas y que es posible que gente que parece saber menos que tú te pasa la mano por la cara. Por fin he entendido que la derrota forma parte del proceso.

Ha sido el año de la música. De manera casi obsesiva. La necesidad de descubrir otras voces, las mismas vivencias cantadas de manera distinta. Encontrar talento allí donde nadie mira ni escucha. Los dos mayores descubrimientos han sido Lena Carrilero y Raquel Lúa. Una vez te tocan ya no puedes vibrar igual. Alteran tu ecosistema.

Un año de conocer a infinidad de personas que te dejan huella, pero sin hacer doler. De risas, de llantos, de gritar al viento por el placer de oír como todo en mí se hace grito. Derramarme en cada poesía escrita y sentir que nunca es suficiente el vacío en el interior.

Dejar que se llene de nuevo para volver a liberarlo.

Logré convertir en natural decir como me siento. Desaprenderme para construirme de nuevo. No sé si pareceré diferente ni si gustaré más. Pero seré más yo.

Nunca se me han dado bien las despedidas, ni siquiera cuando escribo. Creo que es el momento de dar las gracias a todos aquellos con quienes crucé mi camino. Incluso cuando supusieron un obstáculo supe sacar la lección adecuada. Y a pesar de ello fueron muchos más los que me dieron una sonrisa, un abrazo, un motivo para irme orgulloso a casa. Aunque de buenas a primeras suela parecer un idiota, creo que si rascas un poco la superficie encuentras a una buena persona. Al menos eso espero. Que podáis disfrutar de nuestros ratos. Porque cada uno es único e irrepetible, pero el recuerdo queda para siempre.

No sé que será de 2019. Pero quiero creer en quién seré. Eso me basta para vivir.

Que sigamos teniendo la suerte de vernos vivir, y que nos vivamos con alegría. Salud, sonrisas, música y buenas lecturas, que son el mejor alimento del alma.

¡Feliz año a todos!

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