No fue fácil advertirte

que perdías la visión del mundo,

que soñabas por encima

de tus imposibilidades.

No fui capaz de ser abrigo

del frío de febrero

que te golpeaba el alma

en pleno abril.

No frené tu caída a tiempo

por miedo a quemarme

prometiendo seguirte

al fin de un mundo incierto.

No dejé de fallarte

y volviste una vez más,

por vicio de trenzar

tus miedos en mi garganta.

No creo que tenga disculpa,

por ser menos que la suma

de tus precipicios,

pero seguiré tendiendo la mano.

No dejaremos de intentarlo,

una y mil veces más,

para salir de tu oscuridad

y que puedas ser luz.

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